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La visita a un santuario, tiempo y lugar favorable para la
oración personal y comunitaria, constituye una ocasión privilegiada para ayudar
a los fieles a apreciar la belleza de
la Liturgia de las Horas y para asociarse a la
alabanza cotidiana que, en el curso de su peregrinación terrena,
la Iglesia eleva al Padre,
por Cristo, en el Espíritu Santo.
Así pues, los rectores de los santuarios deben introducir en
las actividades preparadas para los peregrinos, según la oportunidad,
celebraciones dignas y festivas de
la Liturgia de las Horas, especialmente de Laudes y
Vísperas, proponiendo también la celebración, parcial o completa, de un Oficio
votivo que tenga relación con el santuario.
A lo largo de la peregrinación y conforme se van acercando a
la meta, los sacerdotes que acompañan a los fieles no dejen de proponerles, al
menos, la oración de alguna Hora del Oficio Divino.
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