El peregrino que acude al santuario está en comunión de fe y
de caridad, no sólo con los compañeros con quienes realiza el "santo
viaje" (cfr. Sal 84,6), sino con el mismo Señor, que camina con él, como
caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35); con su comunidad
de origen, y a través de ella, con la Iglesia que habita en el cielo y
peregrina en la tierra; con los fieles que, a lo largo de los siglos, han
rezado en el santuario; con la naturaleza que rodea el santuario, cuya belleza
admira y que siente movido a respetar; con la humanidad, cuyo sufrimiento y
esperanza aparecen en el santuario de diversas maneras, y cuyo ingenio y arte
han dejado en él numerosas huellas.