La peregrinación se configura como un "camino de
conversión": al caminar hacia el santuario, el peregrino realiza un
recorrido que va desde la toma de conciencia de su propio pecado y de los lazos
que le atan a las cosas pasajeras e inútiles, hasta la consecución de la
libertad interior y la comprensión del sentido profundo de la vida.
Como ya se ha dicho, para muchos fieles la visita a un
santuario constituye una ocasión propicia, con frecuencia buscada, para
acercarse al sacramento de la Penitencia, y la peregrinación misma se ha
entendido y propuesto en el pasado – y también en nuestros días – como una obra
de penitencia.
Además, cuando la peregrinación se realiza de modo
auténtico, el fiel vuelve del santuario con el propósito de "cambiar de
vida", de orientarla hacia Dios más decididamente, de darle una dimensión
más trascendente.