En la Biblia destacan, por su simbolismo religioso, las
peregrinaciones de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a Siquem (cfr. Gn
12,6-7; 33,18-20), Betel (cfr. Gn 28,10-22; 35,1-15) y Mambré (Gn 13,18;
18,1-15), donde Dios se les manifestó y se comprometió a darles la "tierra
prometida".
Para las tribus salidas de Egipto, el Sinaí, monte de la
teofanía a Moisés (cfr. Ex 19-20), se convierte en un lugar sagrado y todo el
camino del desierto del Sinaí tuvo para ellos el sentido de un largo viaje
hacia la tierra santa de la promesa: viaje bendecido por Dios, que, en el Arca
(cfr. Num 10,33-36) y en el Tabernáculo (cfr. 2 Sam 7,6), símbolos de su
presencia, camina con su pueblo, lo guía y la protege por medio de la Nube
(cfr. Num 9,15-23).
Jerusalén, convertida en sede del Templo y del Arca, pasó a
ser la ciudad-santuario de los Hebreos, la meta por excelencia del deseado
"viaje santo" (Sal 84,6), en el que el peregrino avanza "entre
cantos de alegría, en el bullicio de la fiesta" (Sal 42,5) hasta "la
casa de Dios" para comparecer ante su presencia (cfr. Sal 84,6-8).
Tres veces al año, los varones israelitas debían
"presentarse ante el Señor" (cfr. Ex 23,17), es decir, dirigirse al
Templo de Jerusalén: esto daba lugar a tres peregrinaciones con ocasión de las
fiestas de los Ácimos (la Pascua), de las Semanas (Pentecostés) y de los
Tabernáculos; y toda familia israelita piadosa acudía, como hacía la familia de
Jesús (cfr. Lc 2,41), a la ciudad santa para la celebración anual de la Pascua.
Durante su vida pública, también Jesús se dirigía habitualmente a Jerusalén
como peregrino (cfr. Jn 11,55-56); por otra parte se sabe que el evangelista
san Lucas presenta la acción salvífica de Jesús como una misteriosa
peregrinación (cfr. Lc 9,51-19,45), cuya meta es Jerusalén, la ciudad
mesiánica, el lugar del sacrificio pascual y de su retorno al Padre: "He
salido del Padre y he venido al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y voy al
Padre" (Jn 16,28).
Precisamente durante una reunión de peregrinos en Jerusalén, de
"judíos observantes de toda nación que hay bajo el cielo" (Hech 2,5)
para celebrar Pentecostés, la Iglesia comienza su camino misionero.