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Desde la antigüedad,
la Iglesia ha tenido la costumbre de bendecir
personas, lugares, alimentos, objetos. En nuestros días, sin embargo, la
práctica de la bendición, motivada por usos antiguos y concepciones
profundamente arraigadas en algunos fieles, presenta algunos puntos delicados.
Con todo, continúa siendo una cuestión pastoral bastante presente en los santuarios,
donde los fieles, que acuden para implorar la gracia y la ayuda del Señor, la
intercesión de
la Madre
de la misericordia o de los Santos, suelen pedir a los sacerdotes las más
diversas bendiciones. Para un desarrollo correcto de la pastoral de las bendiciones,
los rectores de los santuarios deberán:
- Proceder con paciencia en la aplicación gradual de los
principios establecidos por el Rituale Romanum, los cuales buscan
fundamentalmente que la bendición sea una expresión genuina de fe en Dios,
dador de todo bien;
- Subrayar de manera adecuada – en cuanto sea posible – los
dos momentos que configuran la "estructura típica" de toda bendición:
la proclamación de
la Palabra
de Dios, que da sentido al signo sagrado, y la oración mediante la cual
la Iglesia alaba a Dios e
implora sus beneficios, como recuerda el mismo signo de la cruz que traza el
ministro ordenado;
- Preferir la celebración comunitaria a la individual o
privada y comprometer a los fieles para que participen de manera plena y
consciente.
Es deseable que los rectores de los santuarios establezcan a
lo largo del día, en los periodos de mayor afluencia de peregrinos, momentos
especiales para celebrar las bendiciones; en ellos, mediante una acción ritual
caracterizada por la verdad y la dignidad, los fieles comprenderán el sentido
genuino de la bendición y el compromiso de observar los mandamientos de Dios,
que comporta la "petición de una bendición"
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