La peregrinación es esencialmente un acto de culto: el peregrino
camina hacia el santuario para ir al encuentro con Dios, para estar en su
presencia tributándole el culto de su adoración y para abrirle su corazón.
En el santuario, el peregrino realiza numerosos actos de
culto, tanto de orden litúrgico como de piedad popular. Su oración adquiere
formas diversas: de alabanza y adoración al Señor por su bondad y santidad; de
acción de gracias por los dones recibidos; de cumplimiento de un voto, al que
se había obligado el peregrino ante el Señor; de imploración de las gracias
necesarias para la vida; de petición de perdón por los pecados cometidos.
Con mucha frecuencia la oración del peregrino se dirige a la
Virgen María, a los Ángeles y a los Santos, a quienes reconoce como
intercesores válidos ante el Altísimo. Por lo demás, las imágenes veneradas en
el santuario son signos de la presencia de la Madre y de los Santos, junto al
Señor glorioso, "siempre vivo para interceder" (Heb 7,25) en favor de
los hombres y siempre presente en la comunidad que se reúne en su nombre (cfr.
Mt 18,20; 28,20). La imagen sagrada del santuario, sea de Cristo, de la Virgen,
de los Ángeles o de los Santos, es un signo santo de la presencia divina y del
amor providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación en
generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del necesitado, gemido
del afligido, júbilo agradecido de quien ha obtenido gracia y misericordia.